viernes, 20 de agosto de 2010
miércoles, 30 de junio de 2010
ANTE EL SEÑOR DE PASIÓN
Ante ese rostro, envejecido,
derrotado, ensangrentado,
¡quien puede señor temer
las tormentas del atardecer,
o el beso, tan témido,
de la última hora,
cuando Tú nos esperes,
cuando toda esperanza sea vana,
cuando toda riqueza nada,
cuando sólo esperemos
ese seguro encuentro
con nuestra propia historia,
con tu justicia!
Y mirándote tan desvalido,
con tanta soledad en ti
¿quien puede aspirar
a humanas compañias
si solo tu presencia
puede hacerme compañia,
puede llenar mi soledad,
puede llenar de luz
esta noche de mi alma?
Sólo contigo quisiera
a partir de ahora estar,
sin buscar más compañia
que la que tu quisieras darme,
para llegada la tarde
entregada mi vida,
hasta la última gota,
como la tuya,
poder en ese instante
abrazarte y sentir,
ya para siempre
uno contigo y junto al Padre.
VÍCTOR HERNÁNDEZ MAYORAL
30 de junio de 2.010
miércoles, 23 de junio de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
LA ÚLTIMA SEMANA. HABLA EL CORAZÓN DE LA MADRE. MIERCOLES SANTO
Mi hijo está muy sólo. Los discípulos se encuentran divididos, estoy segura, que le han dejado sólo. Ha llegado la hora de repartirse el Reio, piensan, y en su corazón sólo habita la ambición, el anhelo de ser el mayor en el Reino. ¡Sí hubieran visto como entró en el mundo, la noche de Belén! No han entendido nada. Estos tres años junto a Jesús no han servido para nada. Sus corazones son demasiado humanos, todavía. Son incapaces de comprender que Jesús no ambiciona riquezas, que su Reino no es de este mundo, que es Espiritual. Un Reino donde lo importante no es tener mucho, sino amar mucho.
Miro a los ojos de los Apóstoles y los veo asustados. Tienen miedo, mucho miedo. Temen perder su vida. Conocen las noticias que corren por Jerusalén. ¡Hasta mí han llegado esas noticias, a pesar de la distancia! Temen que los Sumos sacerdotes ordenen, no sólo la detención de Jesús, sino que también ordenen sus detención y su condenan a muerte. ¡Son incapaces de beber el cáliz que mi hijo ya está bebiendo!
De todos, ahora mismo, el que más miedo me da es Judas. Judas me rehuye la mirada. Baja los ojos cuando lo miro. Los dirige a otra parte, es incapaz de quedarse a solas conmigo. Pero él encuentra cualquier pretexto para no quedarse a solas conmigo.
Judas ha sido un hombre ambicioso. Lo sé. Un hombre que ha seguido estos años a mi Hijo sólo con el anhelo de ocupar un puesto en su Reino. Creía que estar entre los elegidos de mi hijo aseguraba su presente y sobre todo su futuro. Ama demasiado el dinero.
Nunca he comprendido como Jesús ha podido aceptarle entre sus íntimos. Nunca me atreví a prenguntarselo, desde Cana, cuando me dijo: "¿Y qué nos va a a ti y a mi?", no he vuelto a preguntarle nada sobre su misión. Pero, conociendo a Jesús, estoy seguro que creía que iba a lograr que Judas abriera su corazón a su palabra. Pero, Judas no lo ha hecho, Judas esta hecho de la misma madera de Adán, Judas quería convertirse en Dios, cuestionar a Dios, y eso me da miedo.
Todos sabemos que la vida de mi Hijo tiene un precio. Y los doce se han alejado de Jesús. Judas, también, estoy segura que ya no es uno de ellos. ¿Por qué no puede ser el que le entregue? Me da miedo este pensamiento.
Judas, Judas, Judas, su nombre me sabe a hiel. Judas, ¿Por qué no me has abierto tu corazón? ¿Por qué no has querido hablar conmigo? Si al menos lo hubira hecho. Pero su corazón ha criado callos. No quiere hablar conmigo.
Le he visto alejarse de la casa de Lázaro. Ha bajado a Jerusalén. Mañana comienza la Pascua. Y hay muchas cosas que preparar. Comprar el cordero, comprar otros alimentos, alquilar una habitación para comer la Pascua y él es el encargo del dinero.
Cuando ha vuelto lo he visto más raro que nunca. Traía la mirada caída. Rehuía a todos. Un gesto me ha llamado la atención, me ha llenado de miedo. Asiaba la bolsa de los caudales con fuerza, con miedo a que alguien se la pudiera quitar.
Mirando a sus ojos, también he presentido la muerte, algo le quema por dentro, y lo único que alivia su ardor es el frío del dinero.
VICTOR HERNÁNDEZ MAYORAL
25 de marzo de 2.010
Día de la Anunciación
martes, 23 de marzo de 2010
LA ÚLTIMA SEMANA. HABLA EL CORAZÓN DE LA MADRE. NOCHE DE MARTES SANTO EN BETANIA
Hoy, por fin, he podido estar cerca de mi Hijo. Has sido después de la cena. En Betania, hacía calor. Y he salido a tomar un poco el fresco en el Jardín de Lázaro. La luna presidía el cielo. La luna llena, la primera de la primavera cuidaba desde el cielo la tierra en tinieblas. Jesús se ha acercado a mí, sigilosamente. ¡Siempre le ha gustado apróximarse a mí así!. En Nazareth, en las noches de verano, así lo hacía, al regreso de la Carpinteria. Yo le esperaba sentada en la calle. Y él se sentaba a mi lado.
Esta noche tmabién se ha sentado a mí lado. Me ha mirado. Le mirado. Y los dos en silencio durante un largo rato hemos mantenido la mirada. Nuestros ojos hablaban. Pero sus ojos reflejan la vejez que se ha apoderado de su alma. Sus ojos transmiten tristeza, una gran amargura. Transmiten dolor, un gran pesar.
"¿Qué tal el día, madre?" Me ha preguntado como si no pasará nada, como si hubieramos vuelto a una noche de verano y él volviera del serrín, de la biruta, de la madera. Y yo hubiera acabado de fregar los últimos cacharros y él viniera cargado con el cántaro del agua de la fuente de Nazaret. ¿Qué tal el día madre?
He intentado hablarle de lo que apena su corazón, pero Él no ha querido. Guardaba silencio. Entonces he comprendido que su corazón vive sumido en el dolor, oprimido por la angustia y la pena. Lo conozco mejor que nadie y sé que Jesús esta pasando muy mal estas horas. ¿Pero por qué no me deja compartir su dolor? ¿Por qué intenta mantenerme alejada de el en esta hora?
Y de nuevo el silencio. Un silencio cortante, hiriente. Un silencio que en la oscuridad de la noche parece más doloroso, más profundo. Los dos hemos vivido alejados fisícamente uno del otro durante estos tres últimos años. Pero los dos, a pesar de lo que muchos pudieran pensar, hemos vivido muy juntos. Él ha vendio al mundo a cumplir una misión encargada por su Padre, y yo sólo he sido la puerta por la que Él ha entrado en el mundo. Lo entendí desde el principio, Dios necesitaba un vientre para hacerse hombre, para compartir la vida de los hombres, y ese vientre era el mío. Por eso aquel mediodía de Nazaret me presente como la esclava del Señor. Si Dios me ha dado la vida y me pedía que le ofreciera mi vida ¿qué más podía hacer que ser su sierva, ser su esclava? Los esclavos nuncan preguntan a sus señores, ellos se limitan a cumplir sus órdenes, aunque no las comprendan. Entonces ¿Cómo puede una esclava preguntar a su Señor por qué?
Pero soy mujer, y soy Madre. Soy Madre y me preocupa mi hijo. Esta noche en Betania no estaba Dios y el hombe, estabamos una madre y su hijo, estabamos María y Jesús. Y por eso me he osado preguntale: ¿Ha llegado la Hora? Y Él, sin decir nada, sin pronunciar una sóla palabra, con un leve movimiento de cabeza ha asentido. Luego se ha alejado de mí. Mientras se alejaba entendí que aquel rato sólo iba a ser el último que compartieramos en soledad. Mi hijo se alejaba, se adentraba en la noche. Entonces he alzado los ojos al cielo y le he pedido al Padre, no por mí, si no por Él, Él, ahora, necesita mi oración, que yo hable al Padre por Él. Y le he pedido que no le abandone, sé que mi misión ha concluído, que esta en sus manos. Y por eso le he pedido que le mantega en pie, que este junto a Él en esta hora anunciada por los Profetas.
Cuando las sombras me han impedido ver su silueta, he comprendido que dentro de muy poco, le veré y no le reconoceré. Su rostro estará atravesado por el dolor, se podrán contar sus huesos, y eso me duele, pero sé, también, que esa es su Hora y para eso ha venido al mundo. Padre no le abandones, Tú que todo lo ves, Tú que todo lo puede permanece junto a mi Hijo, confórtale, dale ánimo, cogele en tus brazos como yo le mecí en la noche de Belén.
lunes, 22 de marzo de 2010
LA ÚLTIMA SEMANA. HABLA EL CORAZÓN DE LA MADRE.LUNES SANTO
(Imagen de Nuestra Señora del Rosario del Polígono de San Pablo, realizada por el autor de este blog en la Tarde del Lunes Santo del 2.009 en las calles de Sevilla)
Hoy mi Hijo ha vuelto a Jerusalén. Pero no ha querido que yo fuera con él. Aún no había amanecido cuando ha salido de la casa de Lázaro. ¿Por qué no ha querido que fuera con él? ¿Por qué quiere mantenerme en la lejanía? Cada hora que pasa, siento su partida más cercana. Marta y María también se han dado cuenta de ello. Hemos hablado esta mañana y me han dicho que Jesús ha cambiado. Intenta mostrarse alegre, como siempre, pero sus mirada refleja una gran tristeza. Han perdido el brillo que siempre tuvieron, han perdido la vida.
Siento el peso de la soledad. Si José estuviera a mi lado ... El volvería a ser en esta hora mi cayado, mi fuerza. Pero José ya no está conmigo. En Belén, la noche de su Nacimiento, José me sostenía. En Nazareth me ayudaba a entender algunos gestos de mi hijo. Y en Jerusalén, si no hubiera sido por él ... Las fuerzas me hubieran faltado para buscarle durante tres dáis como lo busque. José siempre ha estado a mi lado. Pero ahora ...
Hoy no he visto a mi hijo. Al volver de Jerusalén, se ha retirado a un jardín, llamado Getsemaní, en el Huerto de los Olivos. Se ha retirado a orar. La oración forma parte de su vida. Sin la oración, estoy segura mi hijo no podría vivir, no sería el mismo. Mi hijo está en lucha, en lucha contra sí mismo, cara con su divinidad contra su humanidad. Por eso ora. La oración, siempre ha sido el lugar donde él se encontraba con el Padre y adoptaba las decisiones fundamentales de su vida. Y ahora, estoy segura, es uno de esos momentos. Cada vez que tiene que da un paso fudnamental en su vida, se encierra en su corazón y desde allí, junto a s Padre adopta la decisión que el Padre espera de Él. Su oración, en esos momentos, es muy larga. Recuerdo, esta noche, las noches de Nazaret, poco antes de irse de casa. Jesús pasaba las noches orando a las afueras del pueblo, en alguna ocasión paso la noche entera hablando con su Padre. Era su forma de despedirse de mí, de irse del hogar y ocuparse de las cosas de su Padre. Hoy, sin que sus doce amigos, se den cuentan, se está despidiendo de ellos, se está despidiendo del mundo y está volviendo, demasiado pronto, para mí, a la Casa del Padre.
Después de la cena, viendo Juan que Jesús no había llegado. Me ha buscado con la mirada. su mirada lo decía todo. Había llegado el momento de hablar conmigo. Hemos salido de la casa al jardín de Lázaro.
Allí, Juan me lo ha confirmado todo. Yo ya sabía lo que me quería decir. Las madres tenemos ese sexto sentido y sabemos sin que nadie nos lo diga que algo pasa a nuestros hijos. Me ha contado que esta mañana se ha enfadado con una higuera que no tenía higos. Y con una palabra la ha secado. Juan no entiende que le está pasando a Jesús. ¡Pobre! ¡Tan cerca como estaba de mi hijo y tanto tiempo y no comprende nada! Me ha pedido que hable con él. ¿Pero qué le voy a decir yo a Jesús, quien soy yo para decirle ahora nada, para apartarle de esta hora, su Hora, ahora que está más cerca que nunca del regazo del Padre? Quieren apartarle de Jerusalén, están intentando que vuelva a Galilea antes de la Pascua. Pero no lo van a conseguir. Jesús conoce a los profetas, igual que anunciaron su nacimiento en Belén, hablan de esta hora. Sus palabras estan a punto de hacerse realidad. Para esto ha venido. ¿Quien puede apartarle de su hora, de hacer realidad los sueños de su Padre?
VÍCTOR HERNÁNDEZ MAYORAL
22 de marzo de 2.010
Lunes de Pasión
domingo, 21 de marzo de 2010
LA ÚLTIMA SEMANA. HABLA EL CORAZÓN DE LA MADRE. DOMINGO DE RAMOS

(Imagen de Nuestra Señora del Socorro, realizada por el autor de este blog en la mañana del Miercoles Santo en la Iglesia del Salvador de Sevilla).
Hoy la muerte parece lejana, parece haber perdido su batalla. Hoy aún conservo la esperanza de que la Hora de mi hijo no este tan cercana. Ha sido un día largo, muy largo. Un día que ha comenzado muy pronto. Temía la hora en la que mi Hijo decidiera acercarse a Jerusalén. Y esta mañana, muy temprano, ha anunciado a todos que hoy quería ir a la ciudad. El rostro de todos la misma inquietud. Él era el único que mantenía la calma. No me ha mirado en las horas previas al viaje a Jerusalén. ¿Temía algún reproche? Lo dudo, nunca le he reprochado nada. Aunque es mi hijo sé quien es y cúal es su misión. ¿Cómo puedo retenerte a mi lado si has venido al mundo para ocuparse de las cosas de su Padre, como me dijo un lejano día en Jerusalén?
Jesús mandó a Juan y a Pedro adelantarse con algún encargo. Me extraño que no fuera Judas, era el hombre que llevaba el dinero de mi Hijo. Al poco volvieron con un asno, Jesús se montó en él. Y su imagen me recordo ese otro viaje al principio de todo, cuando bajamos José y yo desde Nazaret a Belén. ¿Por qué vienen a mi cabeza ahora todos aquellos recuerdos? Viéndole en el burro me he acordado de José, ¿por qué no está conmigo? Muchos mañanas, como esta, él y Jesús recorrían las pueblos cercanos a Nazaret sobre un borriquillo. Cuando estaba en el borriquillo me ha mirado y ha sonreído. Yo, también, he sonreido. Viendome sonreir y sonriendo él parecía decirme: "Madre en esta hora te quiero ver así, a mi lado, dándome ánimo".
Muchos vecinos de Nazaret y muchos galileos al ver a mi Hijo sobre aquel borriquillo empezaron a hechar al camino sus mantos, alfombraban el camino, cantaban himnos de victoria, ¡creían que había llegado la hora de derrotar a los romanos y expulsarlos de Israel!. Batían palmas y ramos que cortaban por el camino. Jesús, en todo momento, se ha mostrado feliz, muy feliz, los discípulos soñaban con lo mismo, pensaban que hoy se iba a instaurar en Israel el Reino anunciado. Pero la sonrisa de Jesús estaba lleno de melancolía y ninguno de ellos se daba cuenta de su rostro. Mi hijo es como un niño, le encanta la fiesta. Viéndole sobre ese borriquillo me recordaba aquellas otras fiestas en las que él participaba, siempre era el primero en bailar, en cantar. Muchas veces cuando le preguntaba el motivo de una felicidad tan profunda él me decía: ¿Madre cómo puede estar uno triste cuando sabe que el rostro de Dios es el Amor?
Pero la muerte esta vigilante, acecha desde los muros de Jerusalén. En una vuelta del camino comenzose a ver la ciudad. Jesús mando parar al borriquillo. Miraba la ciudad con pena, con dolor. Tanto dolor sentía en aquel momento que yo le he visto llorar. Sus lágrimas ante los muros de la Ciudad han clavado la espada en mi corazón. Sus lágrimas son de dolor, el dolor de un hombre que se siente rechazado por Jerusalén, una ciudad que rechaza su mensaje. "Si al menos tú supieras quién es el que viene a ti". Tiene miedo, ¿qué puedo hacer por tí, dime algo? Miedo a que su mensaje sea mal interpretado, que cuando se vaya todo se desvanezca. En la ciudad hay muchos enemigos, muchos no han aceptado su palabra. Esa es la división anunciada por aquel hombre en el Templo, esa es la bandera de división que me dijo que mi hijo iba a levantar y por la aque muchos se iban a condenar. Mirando su rostro la espada de mi corazón me ha hecho daño pensando que su muerte va a ser violenta, ¿pero cómo van a acabar con él?
Pero sus lágrimas sólo han sido un espejismo de tristeza. Los niños, una vez más los niños, han devuelto la alegría a mi Hijo. Jesús siempre ha considerado a los niños como muy cercanos a él. Muchas veces los cogía en brazos en Galilea, en Nazaret, jugaba con ellos, se revolcaba en el suelo y reía con ellos. Yo le veía como un Niño grande, mi Niño. Ahora, ellos, han cogido palmas y ramas y gritaban con fuerzas, para que las piedras de Jerusalén se enteraran de que a ellas venía su Rey subido en un borrico. Pero, el mal siempre está presente. Alguien, un sacerdote ha amonestado a mi Hijo por esta demostración de poder. Mi hijo les ha cayado la boca, como tantas veces: "Si ellos cayasen gritarían hasta las piedras". Y ellos se han retirado. Cuando se alejaban, Jesús ha vuelto sus ojos hacía mi y con su mirada me ha dicho, como otras tantas veces: "Aun no ha llegado mi hora".
Luego ha bajado del borrico, ha entrado en el Templo y al caer la tarde hemos vuelto a Betania, en el rostro de los doce podía ver una gran decepción tanto entusiasmo se ha volatilizado. ¡Qué distinta ha sido la vuelta! El silencio lo podía todo. La muerte, estoy convencida, esta muy cercana, la siento muy próxima. ¿Será mañana?
VÍCTOR HERNÁNDEZ MAYORAL
21 de marzo de 2.010
Quinto Domingo de Cuaresma
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